Kirchnerismo y literatura
Esto no es exactamente filosofía, pero contiene algunas verdades. Deformadas por la práctica y los sucesos contemporáneos, pueden resumirse así: este es el único viaje, chicos, que lleva a todos sus pasajeros a destino. Mientras tanto, nos debatimos, nos agitamos. Creamos hits de un solo día. ¿Qué es más importante, Handke, tu obra completa o el temor del arquero frente al tiro penal?
Está por terminar la mejor presidencia del orden democrático, según suele calificarla un amigo de este columnista del Norte. Y así lo califican con él los hijos de los japoneses que se quedaron combatiendo en las islas setentistas, que se reprodujeron como conejos: hoy agencian el orden susodicho, y nosotros los acompañamos con el corazón, si no con la camiseta.
Este gobierno tuvo viento de cola chino, y el viento produjo en la era del fin del libro libros a roletes.
Falta una leyenda en las camisetas pardas que para la foto de abajo se pusieron estos héroes de la lumpenburguesía:
La literatura está muerta, chicos. Las metáforas están fritas. Las generaciones fueron pasadas a degüello. Sólo queda una fila interminable de maníacos del yo dispuestos a entonar canciones desafinadas para la literatura que no tiene cura.
Literatura not dead, dicen Alan, Bizzio y Guebel en la tapa cultural del diario de la clase media angurrienta. Y Luca Prodan, un miserable sobredimensionado por quien sentimos un cariño considerable, sonríe desde los afiches. La literatura sí se murió, chicos, y lo que no se murió está en la calle.
El de Néstor es un gobierno lacaniano, como las bandas de la inconciente/conciente multidao progresista, que cantaba al son del Negro Heredia, ese pibe maravilla de un sólo éxito de la canción restauradora, "somos de la gloriosa juventud argentina (...) los desaparecidos / no nos han vencido".
La Walsh (vaya nombre para una agrupación estudiantil dominante en la Fac de Filo y Letras) hizo concha a la literatura actual.
La Walsh: los desaparecidos no nos han vencido. A la larga va a caer el monumento a Roca de Diagonal Sur y en Florida, como en Lisboa, van a pulular las esculturas de los escritores del santoral guerrillero, bajo cuya ala protectora construimos el business democrático.
La Walsh: ¿Aira, por las fotos, no se parece a un político gay de derecha? Aira, heterosexual, es el campeón de la literatura gay argenta. La literatura gay es la literatura hegemónica del orden democrático: quizás eso responda a esta pregunta: como San Martín el sable a Rosas, Walsh le dejó los anteojos a Aira (y a Verbitsky el fusil).
El chiste más gracioso de la literatura kirchnerista es también el síntoma más estridente de su malestar. El chiste más gracioso de la literatura kirchnerista tiene nombre, pero no apellido: Quintín: un nick que vagó veinte años por las aguas culturales en busca de su blog.
Lo que el kirchnerismo trajo a la literatura (o lo que hizo la literatura con el kirchnerismo) hay que cargarlo a la cuenta de Google.
A todos los hijos de Aira se los llevará el viento (a algunos, Aira mismo se encargó de pasarlos a degüello), pero todos tienen momentos geniales. No leí ninguna novela de Damián Tabarovsky, pero sí, las leí a todas, pispeadas en librerías wi-fi. Y estoy en condiciones de afirmar que Tabarovsky, uno de los autores más importantes de su generación que solía dedicarse a la crítica de gacetillas, conoce muy bien cuál es el problema que lo aqueja: habla demasiado. Y estoy en condiciones de afirmar también que La expectativa es su mejor novela: si llevara la firma de un autor un poco más reciente, cualquiera diría que es un excelente ejercicio de verosimilitud realista made in el Taller de Paszkowski.
En la literatura no hay partidos, hay entramados cruzados de afinidades electivas. La literatura es el campo fertilizado del resentimiento: en el campo del resentimiento (y el resentimiento produjo desde siempre alta literatura, ver por ejemplo Maestros antiguos de Bernhard) crecen las plumas venenosas de los cuadros del subkirchnerismo cultural, resentidos confesos y militantes que freudianamente siempre que hablan no hacen sino reafirmar aquello contra lo cual descargan todo el peso de su angustia sideral: son fachos progresistas, y su moral no tiene principios: su medida es solamente el propio fracaso, y odian todo aquello en donde proyectan sus causas. Vista desde un metro más lejos, su moral es capocómica.
Alta literatura, fierita.
El nombre de la novela más importante que se publicó en Argentina (o las esferas que influyen sobre ella) durante el kirchnerato es El Pasado. La novela es el pasado. Nuestro más sentido homenaje.
Kirchner, lector de Lenín, enterró la guerra revolucionaria. Alan, lector de Barthes y de Borges, enterró la novela nacional.
Los blogs se comieron al libro. El ejecutor erudito Ezequiel Alemian está diciendo eso acá, creo: los síntomas (finales) de lo literario emergen azarosos, flasheros, en internet: las prosas inorgánicas que no pueden, no quieren o a las que no dejan llegar al libro.
A la poesía se la comieron los blogs. La poesía se quedó en los PH, en los talleres, en los flogs. Para solucionar el problema del verso, ya no son necesarios ni la prosodia ni el papel.
El "medio" opositor más divertido, generoso e ingenioso que tuvo el kirchnerismo: un chiste conceptual by huili raffo & co.
Es la noche del viernes, y en las calles desterritorializadas del barrio del Once hace mucho calor. En los departamentos suenan los cantantes de la media en su última versión: La lengua popular, La Radiolina, Raro.
Estuve leyendo algunos libros últimamente. Forn, Daniel Galera, Alejandro Zambra, Iván Thays, Walser, Benjamin obras menores, Bunz. Los esperanzados escribientes de libros y los ignorantes taladores de árboles (me refiero a los editores) todavía creen en el dispositivo proustiano: el efecto de literatura. Bunz y Zambra, por ejemplo, lo saben, pero el de Galera, pongamos, es un lindo libro de iniciación: los esperanzados escribidores de libros se ejercitan en el gimnasio del discurso indirecto libre.
Las prácticas librescas se reducen cada vez más a las prácticas anticuarias. El libro ya es vintage.
La literatura, igual que la democracia y la educación, se convierte en un artefacto social diseñado para excluir.
Lo sabemos, ¿pero qué podemos hacer? Por eso nuestro énfasis siempre fue reformista: por eso votamos a Cristina, a Gil Laavedra y a Lozano.
En la era del auge final de las editoriales blancas, se acumulan las capas geológicas de los blogs. En la sucesión interminable de blogs yace enterrado el aborto de la literatura actual.
La historia no “termina”, y las fuerzas del cambio tarde o temprano deberán negociar con otras fuerzas históricas. Sería mejor comenzar esa negociación desde su etapa inicial, y no abandonarla hasta que los mismos cambios se vean subvertidos e invertidos en el crisol del accionar humano.




