11 de mayo de 2013

frente al río tejo (Martín Wilson)

sobre el techo -transformada en bar terraza-

de una vieja estación lisboeta frente al río tejo
una veinteañeras finlandesas bailan fado electrónico.
pegado suena algo parecido a king africa.
beben vodka con limón y menta y fuman camels.
mientras se tocan las tetas y ríen y se mueven torpemente.
el sol pega fuerte.
yo leo un libro que se llama "the reluctant fundamentalist".
de un pakistano que buscaba the corporate succes
en la gran manzana.
pienso en los conflictos
en la medialuna fértil
en la vaca desatada
en los sugus
en lo rápido que va mi cabeza.
me quiero ir.
y recuerdo a los amigos que tuve 
los de la lemahn, merryl
que soñaban con amasarla toda
en la wallstreet
pero nunca se integraron.

6 de mayo de 2013

Lo que mi mamá escondía en ese placard (por Magalí Etchebarne)


(Leído en el evento Toda literatura es de autoayuda, organizado por Garrincha Club y Tenemos las Máquinas para la Zona Futuro de la Feria del Libro, zonafuturo.com.ar/2013/?p=728)

En mi casa no había bibliotecas de pared ni libros dando vueltas por ahí como pelusas. Hay casas donde los libros están por todos lados, hasta en el baño o la cocina. Eso se usa mucho ahora, poner estantes con libros en la cocina. Lo veo en páginas de decoración, es bueno mirar páginas de decoración. Dicen mucho sobre la vida, sobre el futuro, sobre quiénes somos y qué queremos.
Sin embargo, más allá de que no hubiera libros a la vista, mi mamá tenía su secreto, su escondite. En la parte alta del placard, donde irían los pulóveres, donde otras mujeres, yo misma, guardamos los cárdigans, los saquitos de media estación y los polerones de lana, ella guardaba libros. Era, en términos estrictos, una biblioteca, sí, pero pienso que si digo biblioteca se van a imaginar una serie de libros apilados, por títulos o autores, una colección, una pasión ordenada, algo así. Y lo que mi mamá tenía ahí era otra cosa, era como un basural, un depósito desprolijo, una parte de ella que no mostraba.
¿Por qué ahí? No sé. Espacio en la casa había, pero ella los guardaba en el placard. Es sintomático, puede ser: lo que le gustaba, escondido como un placer culposo. Pero son tristes esas síntesis pesimistas de las mujeres de antes, pienso, mejor, que lo de mi mamá era un gesto para preservar su interioridad, para que nadie supiera del todo lo que pensaba.
No creo que un libro me haya salvado la vida, pero estoy segura de que algunos me modificaron.
El primer libro para adultos que leí fue Flores robadas en los jardines de Quilmes, de Jorge Asís. A veces mi mamá bajaba los libros del placard, los ponía sobre la cama y los limpiaba, o los sacaba todos para buscar uno que estuviera atrás. Era una biblioteca incómoda, poco funcional. Ese título me llamó la atención porque yo era una nena y era una nena particularmente sensible a las cosas de nena: odiaba el celeste y gustaba con pasión de un chico, escribía un diario íntimo y sufría por no ser rubia. “Flores” era una palabra del mundo de las nenas, y “Quilmes” un barrio cerca del mío. Entonces se lo pedí. Me dijo no, esto no es para que lo leas vos. Y lo guardó.
Es bastante obvio lo que pasa cuando alguien te prohíbe algo. Esperé a que mi mamá se olvidara, me subí a la escalerita y agarré Flores robadas. Lo leí a escondidas en tres o cuatro días, en los ratos en los que no me veía. Hice una lista de todas las palabras que no conocía para buscar en el diccionario. Nunca las busqué, las fui aprendiendo con el tiempo. Pero guardo esa lista porque está escrita atrás de un cuaderno. El otro día la encontré y me hizo gracia porque hay palabras como “endeble” y “capitalismo”. Yo tenía 11 años.
El libro me perturbó y, sobre todas las cosas, me excitó. El tipo coge mucho con una mujer en un departamento que, dice el narrador, me acuerdo, huele a sexo y a ajo. Conocía el olor del ajo porque básicamente es el olor de mi papá, él come todo con ajo. El mal de la pareja, la de mis padres, es el ajo... pero no conocía el del sexo.
El narrador de Jorge Asís me pareció un tipo malo, inteligente y malo, callejero, agudo y brutal. La masculinidad, desde ese momento, se configuró en mi cabeza así: los hombres que nos gustan, los que leemos y escondemos en el placard con culpa, son eso, desprecio y lucidez. Una idea tonta y apurada claro, pero difícil de extirpar.
Después, por suerte, vinieron las mujeres a salvarme: Silvina Ocampo, Marguerite Duras, Dorothy Parker... Y algunos hombres un poco más buenos, más rehabilitados. Entonces, empecé a configurar a los hombres también desde la dulzura y desde el humor.
No sé si Jorge Asís es la entrada correcta para una niña a la literatura, pero en los libros de mi mamá, en los libros que no me dejaba leer porque eran de adultos, yo entendí que la literatura podía ser un lugar donde tener pensamientos sucios, ser mala, pensar en sexo, no pedir permiso y hasta mentir; no iba a ser juzgada. Lo que mi mamá escondía en ese placard, pienso ahora, aunque fuese en boca de un viejo misógino, era la libertad.

2 de mayo de 2013

Taller de lectura: madres y padres en la literatura contemporánea


Viernes 10, 17, 24 y 31 de mayo, de 19 a 21

En Talcahuano y Corrientes.


Costo: $300


Inscripción en santiago.llach@gmail.com

El taller consiste en cuatro encuentros de conversación guiada en torno a distintos textos en los que aparecen representadas la paternidad y la maternidad.

1) La invención de la paternidad: monstruos, magos y pastillas

Kafka, Carta al padre (fragmentos)
Philip Roth, Patrimonio (fragmentos)
Paul Auster, La invención de la soledad (fragmentos)
Amélie Nothomb, Matar al padre (fragmentos)
Florencia Werchowsky, El telo de papá (fragmentos)
Pablo Ottonello, Amalia

2) Filiaciones complicadas: genética de la infidelidad y el abandono

A. M. Homes, La hija del amante
Marguerite Duras, El amante (fragmentos)
Carolina Ortega: narrativa de la paternidad vía twitter

3) Desaparecidos, familia y propiedad: ¿toda paternidad es política?

Félix Bruzzone, 76
Martín Rodríguez, Lampiño
Nicolás Prividera, M (película)
Albertina Carri, Los rubios (película)
Federico Jeanmaire, Papá (fragmento)

4) Muertes del padre y de la madre: pasión, rituales y dinero

Marina Mariasch, El ataque de los seres queridos (inédito)
Damián Tullio, Algo que nunca le conté a nadie
Martín Wilson, El que no salta es un inglés (fragmento)
Lucio Ferreira, Profilaxis (http://emancipateyourselves.tumblr.com/post/46257883589/profilaxis)

1 de mayo de 2013

Esta noche (Silvio Mattoni)




Las reuniones de amigos de sus padres
o las fiestas de cumpleaños familiares
les ofrecen un teatro y en las horas
previas se ponen a ensayar canciones
inglesas. Francisca organiza los arreglos
vocales de las tres sopranos con distintos
matices tímbricos. Margarita se aprende
los acordes sencillos de guitarra
con su acústica nueva que sabe agarrar
inclinando la cabeza, dejando caer
un poco el pelo claro. Las dos mayores
tienen años de actuar, de mirarse crecer
pero Angelina innatamente asume
el papel que le toca, afina su viejo
violonchelo, que heredó, lee las notas
también del bajo eléctrico por si acaso
le den un giro rítmico y marcado
a las canciones. Se enchufan, se desenchufan
mientras nosotros hacemos la cena
o vamos a comprar lo que hace falta
siempre. Y a la noche, cuando han llegado
más de veinte amigos, conocidos, alumnos
o turistas literarios, Francisca anuncia
por el micrófono con su voz persuasiva
de sólo diecisiete: “Vamos a tocar”.
El piano de la mayor desarrolla el tema
pero las cuerdas de sus hermanas profundizan
el sentimentalismo de la letra
alzada desgarradoramente en canon:
“Dame un segundo, tengo que ordenar
la historia. Mis amigos se fueron. Mi amor
me espera del otro lado de la mesa.
Se nublan los anteojos y preguntan
por una cicatriz, el hueco del sentido
no correspondido o la ausencia que seremos
en pocas décadas”. Invento todo aquello
que el inglés me niega, excepto el estribillo
lacerante, agudamente suplicante.
Lo espero, pero el relato sigue y dice:
“Entre el alcohol, las sutilezas, las grietas
de mis faltas sin disculpas, ya sabés
que me esfuerzo en inventar soluciones
imposibles. Y cuando se termine
la fiesta, deprimido, te voy a llevar
a dormir”. O algo parecido; el ritornelo
es éste: “esta noche somos jóvenes,
incendiemos el mundo ya, podemos
brillar más que el sol. Sé que no soy
todo lo que tenés, supongo, pienso
encontrar otros modos de caernos.
Volvieron los amigos. Brindemos porque ya
encontré a alguien…” Suben las voces claras
estirando las sílabas, los diptongos vocálicos
de nuevo: “Esta noche somos jóvenes,
incendiemos el mundo… El humor
está conmigo, no tengo por qué
escaparme, que venga alguien esta noche”.
Si entendiera el inglés, me sorprendería
aún más cerca del llanto ese llamado
al cielo oscuro que encienden mis tres hijas:
“No llegaron los ángeles, nunca, pero
puedo escuchar su coro, que venga alguien
esta noche, somos jóvenes”. Un amigo
poeta me comenta que la frase
no se aplica a nosotros. Angelina
mueve el arco y el violonchelo llora
porque el momento de máximo brillo
está siempre muy cerca del final.
A esa declaración de los derechos de chicos que se encienden por instantes le dicen “diversión”. Pero los que brindamos pasamos ya la parte que subía del camino dantesco. La noche que prendimos se parece a un recuerdo, aunque las sílabas “nai-ia-ia-aaai”, que estiran el final de la palabra “noche”, la convierten en vela intacta, blanca, fría, para después. No somos jóvenes, nadie va a vanir a buscarnos. La lágrima escondida en la cara de un padre se transforma en cera. Las tres van a ascender dentro de poco a las desdichas de la autonomía y yo las tapo con algo de silencio para que no se apague esta noche, “tonight we are young”, brillen más, préndanse más que el sol.



28 de abril de 2013

Anatomía de un instante (poema-crónica de Martín Wilson sobre la Feria del Libro)


Nunca leí a Cercas
pero qué tipo divino, 
así me hubiera gustado que sea mi tío
con ese acento y tantos cuentos para contar.
Escucharlo hablar me llevó al tiempo
en que viví en España. 
Qué bien nos hace a veces tener visitas de afuera.
¡Pero si dijo que al Quijote lo escribieron los ingleses!

Cuando dijo que Bolaño dijo
"Va, va, va, no sé para qué lado pero va"
me mató, el mató a un poeta motorizado,
me metió en el bolsillo.

Y nos sacamos una foto,
todos amigos y amigas
-en vez de cheese o whisky al quinoto dijimos
"tal vez a kennedy lo mató Perón"-,
y nos partimos de risa.

Nunca estuve tan cercas.

Nunca estuve en la Feria del Libro
Las chicas de la Random House Mondadori
usan remeritas ajustaditas que dicen: me gusta leer.
Las de Planeta no usan corpiño y parecen azafatas de aerolíneas
argentinas cuando andaba bien.
Mi amigo me dijo me hay que garcharse a las de Tusquets:
-Ellas visten casual y creo que hablan francés.

Este es el mundo en el que vivimos.

Ahora que los veo
qué público inteligente
qué gente poco complicada.

La Feria se parece a un aeropuerto
una feria de las naciones
se parece a Jumbo
se parece a mil lugares
y esta Zona Futuro 
parece una sucursal de Nave Jungla en Falabella.
los jóvenes parecen extranjeros,
no quieren vivir acá por eso leen 
no se visten como borges,
los pibes usan pantalones apretaditos
y se dejan bigotitos raros
y tienen novias con tetas re lindas y miradas feas.
"La madurez es una farsa", nos había dicho Xavi Cercas.

Me imaginé en un instante casado con una escritora 
tomando el desayuno a las 7 de la mañana
y ellla hablándome de Uelbéc o de Pólonic o Cotsía
y pidiéndole por favor amor que hablara bien.

La literatura es promiscua
y las chicas que escriben y leen tienen ojeras.

Esto no tiene nada que ver con la literatura
pero ahora están de moda las Milf.

En un corte entramos en un recinto 
y un grupo de boyscouts dibujaba ao vivo
y el ministro Lombardi deambulaba solo y perdido.

A un grupo de chicas les pregunté:
-¿Saben a qué hora habla Haruki Murakami?
Para joder nomás.

Y pienso: qué hacemos con tantos libros.
¿Construimos lofts? Porque parecen ladrillos.

Alcanzo a ver a una promotora,
la confundo con una directora de la random
house mondadori y le digo para joder nomás:
-Tengo una idea para contarte.
-No no, a mí no, tenés que mandarla por correo a..
-No, no, pará, insisto... tengo una idea para contarte.

Para que ella sienta que tiene el poder
sobre todas nuestras fantasías.

27 de abril de 2013

Bala con alas de mariposa (una versión de una canción de los Smashing)




Ahhhhhhhh... ¡ahora escribís poemas!
Con lírica comprada en los talleres literarios.
Y los publicás en revistas
con fotos de chicas anoréxicas.


Ahhhhhh.... a vos no te importa la política
porque conocés la pobreza de los mediodías parricidas
de los chicos que escuchan a Patricio Rey
adentro de sus autos polarizzzados
en las calles del Palomarrrrrrr.

No te preocupes, paloma:
el mundo es un lugar horrible.
A pesar de toda mi alcurnia
sólo soy una rata dando vueltas en la jaula.

A los problemas que tenemos
vamos a llamarlos así: ploblemas.
Mi ploblema es que me robaste la poesía.
Ahora no la recupero
ni yendo al taller literario de Dios.

¡Adiós, amiga!
Fuiste la frutilla en el postre
de la entrada a mi misa otoñal,
alta barda fuiste y daño y piña
en los años del medio.

11 de abril de 2013

Historia de una pasión canalla


Nota publicada en Brando 85, abril de 2013

Fotos:

Fui por primera vez a la cancha --palabra lacaniana, vaginal-- una tarde dictatorialmente hermosa, plenamente azul, del invierno de 1977. Jugaban Argentinos Juniors y Rosario Central, dos equipos que, por esos años y el par de décadas que los rodearon, darían lo mejor de sí mismos, lo mejor de la leyenda a medias consumada del viejo fútbol lírico argentino, ese que produjo tanta mala poesía y tanta mala ideología, el fútbol del toque y la gambeta propinados por equipos no monopólicos. Fui a la platea, fui con mi viejo, que tenía puesta una chaqueta de cuero que le duró toda mi infancia y adolescencia, con mi tío Jaime y con mi hermano Lucas. Estábamos en un lateral, cerca del arco a cuyas espaldas no hay, todavía hoy, una tribuna, sino una pared. Algún jugador bestial tiró un par de pelotas a la calle, y me llamó la atención que unos chicos, agazapados en la vereda de San Blas, se abalanzaran sobre ellas para robarlas.
¿Quién era el inventor de Rosario Central en mi cabeza, el tipo que me llevó de la mano a las puertas de una creencia a la que todavía hoy adhiero?
Mi viejo venía de simpatizar un tiempo, moderadamente, con los sueños armados de su generación, y ahora se las estaba arreglando como podía para arrimar el guiso a esa familia de varones que estaba fabricando con mi vieja: otro hermano más, Felipe, incubaba en la panza de ella, y Federico llegaría tres años después.
A los 77 minutos de ese partido del Campeonato Metropolitano del año en que el punk coronó, un partido que El Gráfico calificó como discreto --malo, regular, las misteriosas discreto e intenso, bueno, muy bueno y excelente eran las categorías que manejaba la revista monopólica--, a los 77 de ese partido jugado el 7-7-77, Argentinos hizo un cambio. Un delantero con dotes equinas habrá salido al trote, un trote estirado --el 1 a 0 no era un negocio infame para el local--, y se habrá besado, a lo macho, con un chico delgadito, un adolescente de 16 años, petiso, rápido, decorado con unos rulos morochos, afro casi.
Mi abuelo había palmado un año antes, de un infarto, a los sesentipocos. Le había dejado a mi viejo una bonita casa al pie de una barranca en Vicente López --donde vivíamos desde el 75 y de la que se mudarían, él y mi vieja, animales del museo de la costumbre, recién 35 años después-- y una crisis bastante importante en el ánimo: la dictadura y la sombra de su padre self made man (de un humilde hogar inmigrante en La Boca a la vicepresidencia de Boca Juniors y la intendencia paraperonista de Avellaneda) sonreían sobre la cabeza atribulada de mi viejo. Después del partido, fuimos, como todos los domingos a la noche, a la casona de Belgrano donde ahora vivían sólo mi abuela y mi tío Jaime. Mientras se hablaba, probablemente, de la plata que empezaba a ser dulce, de los partidos de esa tarde, tal vez de política (¿cómo se hablaría de política, entonces? No muy distinto que ahora, estoy seguro), mi hermano Lucas se acostó en el piso a dibujar una escena del partido. Los rulos del morocho de Argentinos ocupaban casi la mitad de la hoja. En sus 13 minutos y pico en la cancha, el morocho no había podido hacer demasiado para el Bicho, pero su carril izquierdo en ese segundo tiempo estaba ahí, a metros de nosotros, y algo de su magia pelotera, que se haría célebre (el más ligero de los signos de esa celebridad sería que el estadio adonde habíamos ido llevaría décadas más tarde su nombre: Diego Armando Maradona), sedujo a nuestras neuronas inocentes, desde ahí hasta la eternidad.
A mi viejo lo había seducido, casi veinte años antes, la pegada de un flaco que jugaba para Central, y que en ese año 1977 era el entrenador de la selección. Menotti sería pronto campeón del mundo, pero postergaría por ocho años la posibilidad de que el chico de rulos también lo fuera; en lugar del delantero de Argentinos, el goleador de ese Mundial sería Mario Alberto Kempes, una bestia humana que había arrollado todo a su paso por Central. Pero a comienzos de los sesenta, Menotti jugaba al trote lento en Central, y mi viejo y mi tío Jaime, que hasta entonces eran de Boca, habían visto la luz, casualmente también en un partido de Argentinos con Central, en la misma cancha de La Paternal que rodean las calles Boyacá, Juan Agustín García, Gavilán y San Blas. No me preguntes que hacían ahí Juan, mi viejo, y Jaime: los caminos del Dios de Central son misteriosos.
En ese del 77 que fue mi primer partido de fútbol en la cancha como hincha, mi viejo andaba un poco a la deriva (¡es un quilombo hacer una familia con cuatro hijos, haberse mandado unos moquitos de joven y que un gobierno autoritario medio te persiga, y que tu viejo se acabe de morir!) y decidió, quizás por tener los 33 de Cristo, volver a abrazar la fe católica, refugiarse ahí, en esos antiguos rituales, del bardo de la vida.
En el Argentinos-Central de los sesenta, en cambio, mi viejo y mi tío habían visto la luz y habían abrazado para siempre la fe canalla. La católica fue una creencia problemática, de la que sus hijos abjuramos promovidos por nuestras hormonas y por la democracia laica. Pero bajo esa otra fe anómala, extraña, desviada, obsesiva y rebelde que fue ser porteños hinchas de Central nos hicimos hombres los varoncitos de la familia.
En el Argentinos-Central del 77, en el minuto 77, cuando el morochito de rulos pisó el pasto que 30 años más tarde llevaría su nombre, puede decirse, terminó la era del fútbol profesional y popular, y empezó la era del fútbol mediático. Yo tenía cinco años. Empezaba, de algún modo, a hacerme hombre: a eso vamos los varones a las canchas.

***

El fútbol es una cuestión de padres e hijos: al menos lo fue en mi caso. Aunque la platea del Gigante de Arroyito es famosa por sus muchachas en flor, el espectáculo del fútbol es todavía hoy muy predominantemente varonero. Cincuenta mil tipos se juntan todos los domingos y cantan sus bravatas. Le cambian la letra a melodías románticas, le ponen vino y droga a lo que venga, juran que van a matar a todos y proclaman su amor eterno por una entidad abstracta: un acting exagerado que da ternura infinita.
¿Qué es lo que se ama? ¿Al club? ¿A la camiseta? ¿A los jugadores? Ninguna de esas respuestas es correcta: como toda fe, la del hincha de fútbol es un intento por reparar el misterio y la contradicción. Por eso el fútbol es un espectáculo que ignora los silogismos y tiene mucho de masoquismo. Se crece a partir del sufrimiento, del dolor. Ser hincha de fútbol es aceptar la fatalidad. Ya desde el primer minuto en una tribuna, las caras de los espectadores se desencajan y los maxilares braman las palabras del inconsciente. Referís, técnicos, jugadores rivales y jugadores propios son el blanco imaginario o real de cargadas o puteadas endemoniadas, barrocas u ocurrentes, gritadas, susurradas o cantadas.
Creamos nuestro yo a partir de los otros. Los partidos y los campeonatos proveen la estructura del relato, un lapso de tiempo en el cual los héroes (hinchas o jugadores) afrontan peripecias y salen de ellas transfomados. Igual que en la vida, a veces se gana, otras se pierde y otras se empata. En lapsos más largos (un campeonato), la mayoría de las veces se promedia la mitad de tabla: ni se cumplen las expectativas más locas ni las profecías más trágicas. Pero hay excepciones, excepciones necesarias que funcionan como los grandes relatos épicos nacionales: el Mio Cid o el Martín Fierro nos tranquilizan, garantizan que un país o una civilización existen. De la misma manera, el relato oral y el periodístico de las grandes hazañas futbolísticas refuerzan la pertenencia imaginaria a esa experiencia mística que es ser de un equipo de fútbol. Las cábalas son los rituales de esta religión, la certeza irracional de que todo el universo está ordenado en función del propio equipo. El fútbol, dice el periodista español Santiago Segurola, es la guerra ritualizada: ahí es cuando aparecen las mujeres. La mamá que nos prepara los ravioles antes de ir a la cancha o la novia que nos acompaña en los primeros tiempos del romance son comprobación y testigo de nuestra condición varonil, enfermeras físicas y morales de nuestro pasaje por la guerra simbólica, productoras de sonrisas que creemos comprensivas con el destino fatal y cambiante que nos depara nuestra obsesión con el juego de la pelotita de cuero.
¡Pobre mi vieja! No sólo nos bancó a sus cuatro hijos un total de 36 meses adentro de su vientre, sino que se bancó a los cinco (hijos y marido) conversando obsesivamente, durante todos los años ochenta y noventa, acerca del lejano, exótico, fastidioso Rosario Central (a cuya tribuna había ido un par de veces, aguja y ovillo de lana en mano, en los comienzos sesentistas de su romance con mi padre). Éramos la patrulla perdida de una utopía insistente. Lejos de la inquina con nuestros primos leprosos, estábamos rodeados de gallinas, de bosteros, de hinchas del Rojo, y muchas veces nuestra pasión venía con nota al pie: “No, cuando digo la Academia me refiero a la Academia rosarina”.
Entre el 84 y el 87, un equipo terrible, un par de directores técnicos estupendos, cuatro o cinco grandes jugadores y una veintena de animalitos de Dios consumaron la Edad de Oro Canalla. Entré a esa era a los 12 (luces calientes atravesaban mi mente) y salí a los 15, transformado en un adolescente ardiente, provisto de una fe que me permitía afirmar mi identidad, tener una marca en el orillo, ser reconocido, ser yo, de Central hasta la muerte.
La Edad de Oro Canalla empezó, por supuesto, de manera horrible. Fue el domingo 16 de diciembre del 84, en un Falcon gris del 79 estacionado en la quinta de Arturo Goetz, un amigo de mi viejo. Tiene que haber hecho calor, pero yo me acuerdo de una tarde fría. Ahí escuché, con esperanzas cada vez más espesas, al Gordo Muñoz narrando cómo Boca le ganaba 2 a 0 a Central. Cuando terminó el partido, giré mi brazo derecho doblado en el codo, cerré el puño y extendí mi pulgar hacia abajo, mirando a mi viejo que a ochenta metros, desde la mesa de los adultos, me miraba fijo, pero fingiendo interés en la conversación con sus amigos: Boca nos había mandado a la B.
A eso se le llama pasión: a sufrir.
Pero en los años subsiguientes hubo milagros suficientes para completar los formularios de la fe. En el último campeonato de la B antes de que se inventara el Nacional B, el del 85, el Central de Pedro Marchetta hizo desastres de la mano del pequeño Raúl de la Cruz Chaparro, salió primero por varios puntos y dejó tercero a Racing, descendido dos años antes. Durante las vacaciones futbolísticas de Central antes de su regreso a primera, hizo magia en México aquel morocho de rulos al que habíamos visto casi debutar: la del Mundial 86 es una historia más conocida. Y, en el país de los campeones del mundo, el primer campeón fue el recién ascendido Rosario Central: “el equipo de don Angel Tulio Zof” --como decía con un verso endecasílabo terminado en aguda una hinchada que todavía le cantaba al equipo y no a sí misma-- practicó el último fulbito de la vieja escuela, guiado por dos insides lentos, tocadores, campantes: el Negro Palma y el Pato Gasparini. El 2 de mayo del 87 nos preparábamos para salir hacia el partido consagratorio en la cancha de Temperley (Central le llevaba apenas un punto a sus segundos) cuando se oyó el llanto de un excluido. Mi hermano menor, alias Tito, de 5 años, no estaba contemplado en la excursión, pero su instinto de pertenencia futbolera pudo con todas las precauciones maternas. Le fue colocada la enseña auriazul y partió junto al resto a su bautismo de guerra. La célula canalla estaba completa, y partimos desde el chalet de Vicente López hacia el conurbano sur, a ver a Palma transformar un penal anodino en un gol tan inolvidable como el que un año antes Diego le había hecho a los ingleses.

***

La vida de un hincha de fútbol, sin embargo, se puede volver burocrática. Años y años de pelotazos impunes, gambetas cojas, goles rascados en el fondo de la olla ponen a prueba la mejor pasión.
Central campeonó cuatro veces entre el año en que nací y el año en que cumplí 15. De mis 15 a mis actuales 40, nada, y cada vez más nada.
Una y otra vez visité lugares impiadosos, como el mausoleo visitante del gélido Monumental de Núñez, sólo para ver cómo los Francescoli, los Salas, los Aimar y los Saviola nos pintaban al óleo. In my face, Conejo maldito! Pero lo peor no sé si fue padecer el genio ajeno, sino perder cada vez más seguido contra rivales cada vez más grises.
Los tiempos me cambiaron terriblemente a mí, pero también a todos, incluso un poco al mundo, tan lento y largoplacista. El finísimo Diego Maradona se fue transformando en un ídolo impresentable, difícil de asimilar. El Diego, jugador de los medios, le cedió su trono a Messi, jugador de la Play.
El fútbol argentino se fue precarizando a la par de la aceptación de nuestro destino social sudamericano.
Las hinchadas, en particular la de Central, dejaron de mirar los partidos y se quedaron ahí, entonando drogadas sus Cantos a Sí Mismas, las canciones autorreferenciales de una fe tantas veces castigada por el apuro mercantil de dirigentes, entrenadores y jugadores.
Yo en el medio hice un poquito de todo. Me mandé un par de moquitos y un par de gambetas, las mejores de las cuales fueron producir en sociedad con una bella muchacha a mi hijo, León (a la misma edad, veintiocho, que tenía mi padre cuando yo nací), y a mi hija Benita, la primera canallita mujer full full de la familia.
Quizás por la falta de entusiasmo que emanaba hacia mí la ristra de mediocres que se aturullaban con enjundia en los mediocampos centralistas, a León el bicho de la pasión tardó en entrarle. Curiosamente, igual que a su padre y cincuenta años después que a su abuelo, ese bicho empezó a sobrevolarlo en la mismísima cancha del Bicho, la de la calle Boyacá, en un partido en que Central empezaba a lanzarse hacia el tobogán de los promedios.  Pero un hecho trágico hizo de bautismo de esta guerra ritual, y la infección canalla le entró como un rayo a León una tarde de mayo de 2010 en que Central se fue otra vez a la B después de ser humillado por All Boys en el Gigante de Arroyito. Esa tarde triste yo, desde el cinismo desesperado, cargué a mi pobre viejo con una maldición que empieza a mostrarse equivocada: le dije que quizás ese era el último partido de Central en la A que él veía en su vida.
Desde entonces, el equipo más grande del interior del país vegeta en esa divisional que, sin embargo, se nos ha vuelto apasionante.
Estoy entrando a esa edad en que el futuro se parece cada vez más al pasado: empiezo a entender a Borges, la historia es cíclica. Fingiendo que educo a mi hijo, me sumerjo otra vez en la pasión canalla. Atravesado por la corriente eléctrica de esta fe que lo convertirá en un hombre, León se pasa sus tardes preadolescentes pensando en Central desde Facebook, y sus noches soñando con lo mismo. Nuestras conversaciones empiezan a limitarse a un solo tema. Cuando trato de tener con él “esa” conversación (ya tiene 12), me interrumpe para hablarme de Jesús. De Jesús Méndez, la figura del equipo.
La temporada 2012-2013 amaneció tan lluviosa para el equipo como las anteriores. Hacia la fecha 11, con delanteros que eran un chiste, Central ocupaba el puesto 14 sobre 20 equipos. El horizonte de la vuelta a Primera parecía un espejismo inalcanzable. Esa vez, hicimos 600 kilómetros para ver perder a Central, de local, con Douglas Haig. Tres fechas más tarde, armamos una excursión peronista a Florencio Varela y ¡por fin! festejamos un triunfo, por más avaro que haya sido, contra Defensa y Justicia. Desde entonces, lentamente, empezó a producirse un milagro, y una partida de nuestra patrulla canalla iba tras sus huellas: a Rosario, a Mar del Plata, a Junín. Central ganaba siempre, uno a cero pero ganaba. Así hasta prender de nuevo la máquina de la ilusión, y, como dicen los relatores, hasta treparse a lo más alto de la tabla, después de tanto tiempo.
En la última excursión, al bravo Bajo Flores para enfrentar al bravísimo Chicago en la cancha de San Lorenzo, el Azul Mecánico en que se transformó Central (por cábala, el equipo intenta no usar la tradicional camiseta azul y amarilla) hiló su doceavo triunfo al hilo, récord histórico para los equipos del club. A mí se me mezclan los recuerdos y el presente. En mi cabeza Jesús Méndez se transforma en el Negro Palma, el lento Paulo Ferrari en el intrépido Hernán Díaz, el rosarino Encina en el cordobés Gasparini, y así. León se sabe de memoria el cancionero canalla, el fixture de las fechas que restan, el puntaje y la formación de todos los rivales. En la Play, creó un torneo de la B Nacional (los nerds del Fifa todavía no incluyeron a esa división). Este curso acelerado de geografía social, de participación en un ejército informal, este tránsito hacia la contradictoria masculinidad adulta en el que hago de acompañante de mi hijo se verá dificultado, tarde o temprano, por una derrota: pero así es la vida. Habrá que rezar, levantarse, alisarse la auriazul a rayas verticales y ponerse a caminar otra vez. Mientras tanto, seguimos cantando una que dice así: Sigo a Central de corazón, desde hace ya mucho tiempo…

8 de abril de 2013

Historia de una pasión canalla (Revista Brando 85, abril de 2013)

Escribí una nota sobre Rosario Central y mi familia, va link en google docs (expandir para leerla) https://docs.google.com/file/d/0B9-XNn7ZFgXfaEF6UTVXZzJsR1U/edit?usp=sharing

1 de abril de 2013

El depto de Talcahuano

Me acuerdo de tu mano
en el depto de Talcahuano
haciéndome la paja
mientras tu novio
te esperaba en planta baja.
Esa fue la historia
y eso fue Buenos Aires:
me la mamaste con dulzura
y a mí me quedó la literatura.
Esa fue nuestra historia de amor:
la historia de cuando me hiciste un favor.
Siempre estabas con chicos lindos con autos caros
pero esa noche te agachaste y fui tu faro.
Y te fuiste, ¿nocierto, nena?

No eras para mí, eras la estrella.
De Carupá a Malasaña,
todos te amaban, eras la doncella
de las remiserías y del Barrio Las Cañas.

Me acuerdo bien de vos
en el depto de Talcahuano.
Tu corazón ya era una leyenda
en la Buenos Aires de la época.
No soy para vos, me dijiste
Soy para vos, no soy para vos,
sos la persona que más cree en mí,
sos un genio, sos feo, no soy para vos.
Me acuerdo bien de vos
en el depto de Talcahuano.

Cuando te mueras voy a hacer un libro,
se va a llamar Las viudas
y voy a hacer que todas tus chicas
escriban sobre vos, me dijiste.
Y te la metiste en la boca.

Yo te dije que iba a resucitar para leer tu prólogo
y después me iba a volver a morir tranquilo.

Vos eras la más hermosa de todas.
Yo era un reventado y un rehabilitado.
Dijiste "bueno, a nosotros los feos
nos queda la literatura"
y me ordenaste que me bajara el pantalón.

Nos queda la literatura, turra.
El prólogo te lo voy a escribir en vida, dijiste.
Pero tu novio te esperaba abajo, con el Audi.
La besaste, te limpiaste la boca y te fuiste.

No digo que te hubiera amado bien.
No digo que te hubiera hecho bebés.
No digo que pienso todo el tiempo en vos.
Me acuerdo de vos en el depto de Talcahuano, eso es todo.

27 de marzo de 2013

Taller de lectura: Fogwill, Lorrie Moore, Javier Cercas, Houellebecq


Viernes de abril, de 19 a 21, arranca el día 5.


Costo: 300.
Info e inscripción: santiago.llach@gmail.com


El taller consiste en una conversación guiada en torno a estos cuatro autores contemporáneos y está dirigido a gente a la que le interese leer literatura.


Veremos qué idea de la literatura y qué imágenes del mundo produce este cuarteto nacido a mediados del siglo XX, cuando todavía la vida social era analógica y la ficción una ilusión progresista.


Fogwill emerge en la época de esa Argentina doblemente infectada, políticamente por Perón y literariamente por Borges, y elabora un realismo que exhibe sus procedimientos y que lo salva así tanto de la asepsia de la torre de marfil como de las ingenuidades del ideologismo de sus coetáneos, los setentistas, al tiempo que, personaje inolvidable de la Buenos Aires fin du siècle, entrelaza su personaje público, ceñido al arte de la provocación y amigo de la mitología de los estados mentales alterados, con su obra ficcional, creyente en la fe de la poesía.



Lorrie Moore, hija adoptiva de la tradición pertinaz de esa short story americana tan saturada de sobreactuación masculina y prodigalidad femenina, protagonista de su anteúltimo boom, produce delicadeces en una “tercera primera” saturada de sentido y sensibilidad. Su ideología, pragmática, poshippie, posfeminista, es la narración: la maternidad, las relaciones y la siempre oscura financiación son los hilos que la conforman.


Xavi Cercas, dador de sangre, reinventa para nosotros, latinoamericanos, vía Borges y los Estados Unidos, la literatura española. Su método simple y efectivo, el método anatomía-de-un-instante, prefigurado en Salamina..., es en realidad la construcción de un dispositivo superador al periodismo de denuncia en que terminaron consistiendo el progresismo y su correlato, la industria de las víctimas. La literatura, al mostrar a sus héroes en la retirada, es para Cercas ante todo un documento de humanidad, un mecanismo para comprender al otro.


Houellebecq, finalmente, el sátiro de la literatura actual, es una hiena que pulula sobre los restos. Muy francés en su amistad con la perorata social, en sus ambiciones de comédica humana, desguaza sin embargo también el discurso apacible, presuntuoso de las ciencias sociales para ponerlas al servicio de la ficción. Sus augures desesperanzados cantan en el vacío de las relaciones, y el all you need is love que resuena en su cinismo empático se supera a sí mismo por la vía de una metodología humorística.

En cada encuentro, uno por autor, pensaremos un poco estas cuestiones y las que vayan surgiendo, a partir de textos puntuales y asequibles de cada uno de ellos.




Encuentro 1 (5 de abril):

Fogwill, Rodolfo Enrique (Quilmes, 1940 - Buenos Aires, 2010)

“La larga risa de todos estos años”, “Otra muerte del arte” y “Sobre el arte de la novela”, en Cuentos completos, Alfaguara, 2011
“Retrato”, en Los libros de la guerra, Mansalva, 2008 (http://bucket.clanacion.com.ar/common/anexos/Informes/70/37870.pdf)


Encuentro 2 (12 de abril):

Lorrie Moore (1957, Glenn Falls, NY)

“Lo que se llevan” (Autoayuda, Emecé, 2001), “Fuga de la invasión de los asesinos de amores” (Anagramas, Anagrama, 1991), “Una madre estupenda” (Pájaros de América, Emecé, 2002)


Encuentro 3 (19 de abril):

Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962)

Soldados de Salamina, Tusquets, 2001.


Encuentro 4 (26 de abril):

Michel Houellebecq (Saint-Pierre, Isla de la Reunión, 1958)

Ampliación del campo de batalla, Anagrama 2001
Fragmentos de Las partículas elementales, Plataforma y El mapa y el territorio